La conversación sobre inteligencia artificial se reduce demasiado a la productividad. Preguntamos qué puede automatizar y cuánto tiempo ahorra, pero menos qué tipo de gusto promueve y qué hábitos sociales produce.
Toda tecnología que cambia nuestro lenguaje, imágenes y decisiones se convierte en cultura. Eso significa que los ingenieros no son los únicos que deben opinar. Artistas, educadores, sociólogos y comunidades deben participar en la definición de las normas.
En la intimidad, el paso del mapa del deseo al mapa de la vigilancia muestra lo rápido que una interfaz se convierte en norma social.
La pregunta útil no es si la tecnología se volverá humana. Es si nosotros seguiremos siendo suficientemente humanos al elegirla, usarla y rechazarla.

