Hay mapas que te dicen adónde puedes ir.
Y hay mapas que te dicen dónde te estarán esperando.
En el Londres de 1937, dos instituciones dibujaban, en la práctica, la misma anatomía urbana. Un escritor publicaba una guía satírica de los baños públicos utilizados por hombres para encuentros sexuales. Ese mismo año, una división del Estado señalaba en Hyde Park las «zonas de inmoralidad» que la policía debía vigilar.
Los mismos senderos.
Los mismos edificios.
El mismo deseo.
Solo cambiaba la leyenda del mapa.
En el primero, el punto significaba posibilidad.
En el segundo, prueba.

Hyde Park, Londres. Fotografía: Stephen Richards, Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0. Un sendero es solo un sendero hasta que alguien le añade una leyenda, una patrulla o una promesa.
En 1937, convenience significaba algo más que comodidad
El libro se titulaba For Your Convenience. En la cubierta aparecía Paul Pry, pero detrás del seudónimo estaba el periodista y escritor Thomas Burke, conocido por sus retratos del Londres popular.
En apariencia, el volumen era una broma sobre las «conveniences» — el eufemismo británico perfecto, porque convierte la vejiga en una cuestión urbanística y el sexo en un problema de vocabulario. Sin embargo, Burke ofrecía descripciones lo bastante precisas para que el libro funcionara como guía codificada del cottaging: encuentros entre hombres en baños públicos.
No era una aplicación.
No vibraba.
No calculaba la distancia en metros.
Tenía papel, insinuaciones y ese tipo de humor que entiendes de inmediato cuando tu supervivencia social depende de no preguntar qué significa.
El título era una contraseña vestida de modales británicos. Los baños servían a la ciudad oficial, pero también producían una ciudad paralela: una infraestructura de encuentro para personas a las que la ley, la familia y la prensa negaban casi todo espacio legítimo.
Un baño público no era el paraíso. Era húmedo, olía mal, implicaba riesgos y estaba diseñado por un comité que probablemente consideraba el placer una avería de fontanería. Pero tenía tres ventajas decisivas: era accesible, anónimo y se encontraba en el trayecto cotidiano.
Para los hombres sin bar gay, hogar privado seguro, dinero o libertad para decir quiénes eran, la arquitectura sanitaria se convertía en red social.
La ciudad había construido el baño para el cuerpo.
El cuerpo le descubrió una función que la ciudad no había incluido en el presupuesto.

Hyde Park en un mapa publicado en 1833. Imagen: en:User:Pointillist, Wikimedia Commons, dominio público. Este no es el mapa policial de 1937; lo usamos como contexto urbano. El documento exacto puede consultarse en The National Archives, donde sus derechos de reproducción están protegidos.
El Estado leía la misma ciudad con el lápiz afilado
También en 1937, la Royal Parks Division del Department of Works preparó un mapa de Hyde Park que identificaba lugares considerados problemáticos. El expediente, conservado hoy por The National Archives con la referencia WORK 16/543, señala lo que la administración llamaba «areas of immorality».
La fórmula es magníficamente burocrática.
No dice deseo.
No dice miedo.
No dice dos personas.
Dice zona.
Cuando el comportamiento se desplaza del cuerpo al mapa, la represión adquiere el aire neutro del mantenimiento de un parque. Ya no se sigue a personas; se gestiona un perímetro. Ya no se invade la intimidad; se limpia un problema. El papel consigue que la violencia administrativa parezca geometría.
Los archivos policiales no demuestran que el cruising comenzara en los años treinta. Demuestran que el Estado lo observaba, clasificaba e invertía recursos en convertirlo en expediente. Es una diferencia fundamental. Las prácticas marginales suelen entrar en los archivos cuando la autoridad las interrumpe.
Por eso, la historia de la sexualidad a veces parece una biografía escrita exclusivamente por los enemigos del protagonista.

The Old Police House de Hyde Park. Fotografía: Ricardalovesmonuments, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0. Las instituciones tienen paredes; la vigilancia prefiere parecer paisaje.
El policía, la farola y dieciocho centímetros de dignidad imperial
Cinco años antes de los dos mapas, el 13 de septiembre de 1932, dos agentes de paisano vigilaban un baño público en Popes Road, Brixton. El expediente CRIM 1/617, citado por The National Archives, describe el método.
Para mirar a través de la filigrana de la estructura, los policías se subían a la base de una farola.
La base medía unas siete pulgadas, 17,8 centímetros.
Uno resbaló.
El Imperio británico administraba territorios en varios continentes, pero una noche de septiembre el destino moral de su capital dependía del equilibrio de un hombre de paisano sobre una estrecha repisa de metal.
Solo resulta cómico hasta que recordamos lo que estaba en juego. Un gesto, una mirada o una suposición podían producir detención, juicio, prensa, pérdida de empleo, destrucción familiar y una vida entera bajo la amenaza del chantaje.
La vigilancia no era una cámara fría. Era un hombre estirando el cuello para ver el interior y escribiendo después lo que creía haber visto en un lenguaje al que el tribunal concedía autoridad.
La arquitectura importaba. La rejilla, la luz, la entrada, el ángulo y la distancia entre cuerpos se convertían en elementos del delito. El diseño de un baño podía proteger la intimidad o servir de escenografía para la vigilancia.

Baño público histórico para hombres, Bromley-by-Bow. Fotografía: Hjamesberglen, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0. La verja delimita el espacio; no decide lo que significa.
La clase social entraba primero y salía la última
En 1938, una correspondencia de la Metropolitan Police conservada en el expediente MEPO 3/989 debatía si debían advertir a los hombres que «frecuentaban» los baños. Una frase contiene casi todo lo necesario para entender la igualdad ante la ley: preocupaba que la policía pudiera recibir la queja de un «man of high social standing».
El problema no era solamente si el hombre era culpable.
Era si el hombre era importante.
La misma conducta podía leerse de forma distinta según el traje, el acento, la dirección y el empleador. El trabajador corría el riesgo de convertirse en estadística. El caballero respetable, en inconveniente institucional.
El cruising mezclaba clases en una época que prefería mantenerlas en pasillos separados. Precisamente el anonimato que permitía el encuentro desestabilizaba el orden social: en un lugar construido para una necesidad corporal común, el rango debía quedarse momentáneamente en la entrada.
La policía lo volvía a introducir.
Mediante la selección de objetivos, el lenguaje, la discreción para unos y el espectáculo para otros.

Interior del baño público histórico de Star Yard. Fotografía: Matt Brown, Wikimedia Commons, CC BY 2.0. Una habitación diminuta podía contener una red social, un riesgo penal y todas las clases que la calle fingía no mezclar.
1967: legal, pero solo en la habitación que el Estado llamaba privada
En 1967, la Sexual Offences Act despenalizó parcialmente las relaciones sexuales entre hombres en Inglaterra y Gales. La reforma fue histórica, pero sus condiciones merecen ser leídas, no convertidas en confeti retrospectivo.
La ley se refería a actos consentidos entre hombres de al menos 21 años, realizados «en privado». Si una tercera persona participaba o estaba presente, el carácter privado quedaba anulado. Los miembros de las fuerzas armadas y de la marina mercante quedaban fuera de su protección.
Y un baño público no se volvía privado por tener una puerta.
La libertad era legal siempre que poseyeras o controlaras el interior correcto. Para los hombres sin vivienda segura, con compañeros de piso o familia, propietarios hostiles o un matrimonio que funcionaba como coartada, la reforma llegaba con un problema inmobiliario.
La ley cambió enormemente la vida. Pero no convirtió de inmediato la ciudad en un espacio igualitario. El cruising continuó no solo por gusto al riesgo, como le encanta sugerir a la prensa, sino porque la intimidad requiere metros cuadrados, dinero y permiso.
Hoy, la sección 71 de la Sexual Offences Act de 2003 criminaliza expresamente la actividad sexual en un baño público. Debemos distinguir entre buscar un encuentro y un acto que expone a personas no participantes. El consentimiento no se obtiene porque alguien haya entrado a lavarse las manos.
Pero también debemos preguntar si la ley se aplica de forma proporcional, sin trampas y sin convertir la identidad supuesta en categoría de caza.

Metropolitan Police en Londres. Fotografía: Philius, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. El uniforme ha cambiado; la pregunta sobre la proporcionalidad permanece.
El sociólogo que se convirtió en «watchqueen» y luego siguió a la gente a casa
A finales de los años sesenta, el sociólogo estadounidense Laud Humphreys estudió encuentros sexuales anónimos entre hombres en baños públicos. Entró en escena como «watchqueen» — la persona que vigila —, observó a los participantes, anotó matrículas y utilizó registros para conocer sus identidades.
Después los entrevistó en casa bajo otra presentación de la investigación.
El libro resultante, Tearoom Trade: Impersonal Sex in Public Places, apareció en 1970 y se convirtió a la vez en clásico sociológico y pesadilla de cualquier comité de ética.
Humphreys derribó un estereotipo importante: los participantes no formaban una única categoría social o identitaria. Muchos llevaban vidas públicas convencionales; algunos estaban casados con mujeres; orientación, práctica e identidad no encajaban en un perfil cómodo.
Pero su método repetía la misma asimetría que afirmaba estudiar. Las personas podían verlo en el baño, pero no sabían que él las convertía en datos, seguía sus coches y después cruzaba el umbral de sus casas con una identidad profesional incompleta.
La ciencia obtenía un mapa más sofisticado.
Los sujetos no recibían la leyenda.
Este episodio importa hoy porque la digitalización nos ha acostumbrado a llamar «datos de comportamiento» a lo que, dicho en lenguaje humano, son las huellas de personas que no saben quién las mira ni con qué propósito.
Montjuïc: el recorrido también es conversación
El antropólogo José Antonio Langarita Adiego, en su investigación sobre la sociabilidad gay en espacios públicos de Barcelona y sus alrededores, describe lugares de cruising en Montjuïc, Gavà y Sitges no como puntos fijos, sino como relaciones entre cuerpo, topografía, hora y código social.
La entrada no es solo una coordenada.
Es negociación.
Reduces el paso. Miras. Giras la cabeza. Continúas. Regresas. Sabes sin declarar que sabes. Langarita analiza este desconocimiento interesado: una convención mediante la cual el espacio sigue siendo público y, a la vez, resulta legible para quien reconoce los signos.
Esta coreografía no es accidental. Produce selección, una seguridad imperfecta y la posibilidad de rechazar. Por eso un mapa no puede explicarlo todo. La coordenada dice dónde. No dice cómo estar allí sin convertir a otra persona en público involuntario.
En el universo de Cruel Sitges, la ciudad no es fondo, sino participante: guarda huellas, elige lo que ilumina y a veces finge que la noche no dejó nada en la acera. El cruising pertenece a esa geografía afectiva. No porque todo deseo en Sitges deba transformarse en publicidad, sino porque la libertad de la ciudad también se construyó con las formas discretas en las que la gente se reconocía antes de que el branding imprimiera la bandera.

Sendero en Montjuïc, 1922. Fotografía: Jaume Biosca i Juvé, Wikimedia Commons, dominio público. La topografía no tiene orientación sexual; el uso, la memoria y la mirada le dan códigos.
2009: el mapa entra en el bolsillo y empieza a mirarte
Grindr se lanzó en marzo de 2009, en un momento tecnológico muy preciso. El iPhone 3G había aparecido en 2008, la App Store acababa de convertir el teléfono en plataforma y el GPS permitía ordenar a las personas por proximidad.
Grindr no inventó el cruising. La aplicación cambió el orden de las operaciones.
La interfaz industrializó algo que la ciudad ya hacía mediante miradas, trayectos, bares, parques, playas, baños y recomendaciones susurradas.
La diferencia era brutalmente elegante. Ya no había que memorizar el mapa. Se actualizaba. El perfil dejó de ser solo la forma de girar la cabeza; se convirtió en foto, texto, edad, distancia y disponibilidad. La elección se ampliaba, mientras la ambigüedad — a veces protectora — se reducía.
Las aplicaciones dieron acceso a personas aisladas, con discapacidad, ansiosas, residentes en pequeñas localidades o sin un espacio queer visible. Permitieron conversar antes del encuentro y una forma de selección. Crearon comunidades, relaciones, aventuras y suficientes matrimonios para que «el apocalipsis de la intimidad» merezca una importante rebaja dramática.
Pero también desplazaron el poder del mapa. Una empresa puede saber cuándo te conectas, aproximadamente dónde, qué dispositivo utilizas y con quién interactúas. Un usuario puede hacer una captura. Un agresor puede mentir. Un Estado hostil puede exigir, comprar o deducir.
El primer mapa mostraba el camino.
El segundo te registraba mientras caminabas.

iPhone 3G. Fotografía: Feureau, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. En 2009, el mapa del deseo cabía en la palma de la mano. El dispositivo de rastreo también.
La cámara no olvida. La plataforma tampoco.
En los años treinta, la vigilancia necesitaba un policía, tiempo, frío y, a veces, la capacidad de no caerse de una farola. Hoy puede ser persistente, distribuida y automatizada.
Las cámaras CCTV observan entradas. Los metadatos conectan cuentas, horas y lugares. Las capturas de pantalla sacan un perfil de contexto. Los datos comerciales permiten inferencias íntimas sin contener una sola frase explícita sobre sexualidad.
No todas las cámaras se instalan para cazar hombres gays. No todas las aplicaciones conspiran. No todo conjunto de datos produce automáticamente un abuso.
Pero la infraestructura tiene memoria, y una memoria sin responsabilidad se convierte en arma cuando cambia su propietario, su gobierno o su finalidad.
Por eso, el debate contemporáneo sobre cruising no puede limitarse a la nostalgia del parque frente al cinismo de la aplicación. El espacio analógico contenía violencia, chantaje y policía. El espacio digital ofrece acceso, pero puede escalar la exposición. Ninguno es puro.
El deseo no necesita pureza.
Necesita consentimiento, proporción, intimidad y una posibilidad real de desaparecer de una base de datos.

Cámara CCTV en Round Church Street, Cambridge. Fotografía: Hans Wolff, Wikimedia Commons, dominio público. La farola de 1932 necesitaba un policía; la cámara solo necesita almacenamiento.
Penn Station, 2025: la tecnología cambió; el guion recuerda sus frases
En el verano de 2025, informaciones periodísticas y organizaciones jurídicas describieron un fuerte aumento de las detenciones dirigidas por la policía de Amtrak en los baños públicos de Penn Station, Nueva York.
Los datos citados por Queens Daily Eagle y THE CITY mostraban ocho detenciones por indecencia pública durante los primeros cinco meses del año y 23 en junio. Legal Aid Society informó de que, en un solo día de septiembre, hasta 20 personas entraron en el sistema judicial. Amtrak comunicó más de 200 detenciones desde el inicio de la operación en junio, aunque ese total más amplio no debe interpretarse automáticamente como 200 casos de actividad sexual ni como 200 detenciones en baños.
La precisión importa, especialmente cuando la institución cuenta y el público juzga.
Los reportajes describieron el uso de agentes de paisano y acusaciones de comportamiento provocador. Al menos un caso terminó con el traslado de una persona a custodia migratoria, demostrando lo rápido que un encuentro — o la interpretación de un gesto — puede abrir una trampilla jurídica mucho más profunda.
El 26 de septiembre de 2025, el congresista Jerry Nadler pidió formalmente a la dirección de Amtrak que pusiera fin a lo que calificó de prácticas discriminatorias y explicara la magnitud de la operación, la formación de los agentes y el destino de los datos recogidos.
Mientras tanto, usuarios de plataformas de cruising señalaban el lugar como zona de peligro.
Aquí están otra vez los dos mapas.
Uno dice: alguien está cerca.
El otro responde: nosotros también.

Entrada de Penn Station, Nueva York. Fotografía: NHRHS2010, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. En 2025, una infraestructura de transporte volvió a convertirse en infraestructura de vigilancia.
No, criticar a la policía no es defender el sexo en cualquier lugar
Un argumento adulto debe sostener dos frases al mismo tiempo.
Primera: las personas no participantes tienen derecho a utilizar el espacio público sin verse expuestas a una actividad sexual que no han consentido presenciar.
Segunda: la aplicación de la ley debe ser proporcional y no discriminatoria, y no debe fabricar el delito mediante provocación, perfilado u obsesión por convertir a los hombres queer en una categoría de objetivos.
Las dos frases no se anulan.
Solo la política perezosa finge que debemos escoger.
El cruising puede significar búsqueda, mirada, conversación, paseo, código, rechazo y partida. No es sinónimo automático de acto sexual delante del público. Cuando tratamos todas esas cosas como idénticas, no protegemos el espacio compartido; borramos los matices para obtener un objetivo administrativamente cómodo.
Por otro lado, romantizar por completo el pasado es indecente con quienes fueron agredidos, chantajeados o detenidos. El parque no era una democracia erótica perfecta. Era un compromiso producido por la falta de alternativas.
Podemos mirarlo con ternura sin perfumar su peligro.
Un mapa nunca es solo un mapa
Un mapa selecciona.
Incluye un camino y excluye otro. Nombra un edificio y deja sin nombre un uso. Decide quién mira desde arriba y quién se convierte en punto.
En 1937, Thomas Burke transformaba los baños en guía para quienes sabían leer entre líneas. El Estado convertía esos mismos espacios en objetivos de vigilancia. En 1970, Laud Humphreys transformaba los encuentros en datos sociológicos. En 2009, Grindr convertía la proximidad en interfaz. En 2025, Penn Station demostraba que un guion antiguo puede recibir cámaras nuevas sin perder la trama.
La tecnología cambia.
Los verbos permanecen.
Buscar.
Reconocer.
Observar.
Seguir.
Probar.
La pregunta no es si una ciudad tiene un mapa del deseo. Toda ciudad viva lo tiene, aunque urbanismo prefiera llamarlo de otra forma.
La pregunta es quién lo sostiene.
Quién aparece como persona.
Quién aparece como problema.
Y cuánto cuesta ser encontrado.
Porque el mismo baño puede ser refugio, riesgo, infraestructura, escenario, expediente y trampa.
Depende de la leyenda.
Y, sobre todo, de quién lleva la placa.
Fuentes consultadas
- The National Archives — Policing sex in public toilets in 1930s London
- The National Archives — búsqueda en el catálogo del expediente WORK 16/543
- The National Archives — búsqueda en el catálogo del expediente CRIM 1/617
- London Museum — las fotografías de baños que salvaron a hombres gays en los tribunales
- Sexual Offences Act 1967 — texto legal
- Sexual Offences Act 2003, sección 71 — texto legal
- Laud Humphreys — Tearoom Trade, contexto y debate ético
- Universitat de Barcelona — José Antonio Langarita Adiego, Intercambio sexual anónimo en espacios públicos
- Grindr — empresa y año de fundación
- Congressman Jerry Nadler — carta sobre las detenciones de Amtrak en Penn Station, 26 de septiembre de 2025
- Queens Daily Eagle — informe del 25 de septiembre de 2025 sobre la operación de Penn Station


